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La adaptación hedónica, la autoexigencia y la dificultad para vivir el presente explican por qué muchas personas siguen sintiendo que les falta algo incluso cuando han conseguido aquello que deseaban.

Hay algo curioso que ocurre con frecuencia en la vida adulta: Pasamos años persiguiendo algo, más tiempo, más tranquilidad, más dinero, más reconocimiento, más libertad… (entre un largo etcétera)Y, cuando finalmente conseguimos aquello que tanto deseábamos, sucede algo inesperado.

La sensación de satisfacción dura mucho menos de lo que imaginábamos!

(¿Te ha pasado?) Apenas nos detenemos a disfrutarlo, la mente ya está mirando hacia el siguiente objetivo, lo siguiente que mejorar, lo siguiente que conseguir, lo siguiente que resolver… Y entonces aparece una pregunta incómoda:

¿Por qué nos cuesta tanto disfrutar incluso cuando las cosas van bien?

Si alguna vez has sentido que alcanzabas una meta importante y, aun así, seguías experimentando una sensación de vacío, inquietud o insatisfacción, no significa que seas desagradecida ni que estés haciendo algo mal.

De hecho, tiene mucho más que ver con cómo funciona nuestro cerebro de lo que solemos imaginar.

El cerebro no está diseñado para la satisfacción permanente

Muchas personas creen (“creemos” me incluyo) que la felicidad llegará cuando consigan aquello que desean: Cuando tengan más tiempo, cuando termine esa etapa complicada, cuando encuentren pareja, cuando cambien de trabajo, cuando tengan hijos (temazo), cuando los hijos crezcan, cuando la economía mejore… Pero la realidad suele ser diferente.

Nuestro cerebro evolucionó para ayudarnos a sobrevivir, no para permanecer constantemente satisfechos. Durante miles de años fue mucho más útil detectar amenazas, carencias y posibles problemas que detenerse a contemplar aquello que ya funcionaba bien.

Por eso tenemos una tendencia natural a prestar más atención a lo que falta que a lo que ya está presente.

Desde una perspectiva evolutiva, preguntarse: "¿Qué podría salir mal?" era mucho más útil para sobrevivir que preguntarse: "¿Qué está funcionando bien ahora mismo?"

Y aunque hoy vivimos en un contexto muy diferente, gran parte de ese funcionamiento sigue activo.

La adaptación hedónica: cuando lo extraordinario se vuelve normal

Existe un fenómeno ampliamente estudiado en psicología conocido como adaptación hedónica.

La adaptación hedónica describe nuestra capacidad para acostumbrarnos rápidamente a las mejoras y cambios positivos de la vida: Compramos una casa, nos conceden un ascenso, terminamos una formación importante, creamos el proyecto con el que llevábamos años soñando, iniciamos una relación, nos convertimos en madres… Y, durante un tiempo, sentimos entusiasmo, ilusión y bienestar.

Sin embargo, semanas o meses después, aquello que parecía extraordinario empieza a formar parte de la normalidad ya que nuestro cerebro lo integra, “lo convierte en paisaje”, y deja de percibirlo con la misma intensidad emocional.

La investigación ha observado este fenómeno de manera consistente durante décadas. Puedes profundizar en ello a través de esta 🔗 revisión científica sobre adaptación hedónica

Y esto… no significa que no valoremos lo que tenemos, simplemente significa que nuestro sistema nervioso está diseñado para adaptarse. Y eso tiene ventajas para sobrevivir, pero también hace que muchas veces dejemos de apreciar aquello que antes deseábamos profundamente.

La paradoja de la dopamina: disfrutar más de perseguir que de conseguir

Hay otro aspecto fascinante que explica por qué a veces disfrutamos más del camino que de la llegada.

La dopamina suele conocerse popularmente como “la hormona de la felicidad”, aunque en realidad su función principal está mucho más relacionada con la motivación, el aprendizaje y la anticipación de recompensas.

Dicho de una forma sencilla: Muchas veces el cerebro disfruta más esperando algo que obteniéndolo, por eso puede resultar tan emocionante planificar un viaje, imaginar una compra importante o visualizar un objetivo futuro. Y por eso, cuando finalmente lo conseguimos, la intensidad emocional disminuye mucho antes de lo esperado.

Diversas investigaciones han mostrado que gran parte de la actividad dopaminérgica está asociada a la expectativa y predicción de la recompensa más que al placer generado por la recompensa en sí.

Puedes leer más sobre ello en 🔗 este artículo y en 🔗 este otro

Tal vez no necesitemos perseguir constantemente nuevas metas. Tal vez necesitemos aprender a permanecer unos instantes más en aquello que ya hemos alcanzado.

La trampa silenciosa de la autoexigencia

A todo esto se suma un ingrediente muy presente en nuestra cultura: la autoexigencia.

Sabemos de sobra que vivimos en una sociedad que premia la productividad: “Aprendemos desde pequeños que avanzar es bueno, que mejorar es bueno, que conseguir objetivos es bueno…” Y, efectivamente, todo eso puede ser saludable.

El problema aparece cuando nuestro valor personal empieza a depender exclusivamente de lo que logramos, cuando sentimos que descansar es perder el tiempo, cuando celebrar parece una frivolidad, cuando terminar algo importante dura apenas unos minutos antes de empezar a pensar en lo siguiente.

Entonces dejamos de experimentar la vida. Y comenzamos a gestionarla como una lista infinita de tareas.
¿Por qué nos cuesta disfrutar incluso cuando las cosas van bien? Adaptación hedónica, bienestar emocional y vivir el presente

Cuando vivir en el futuro nos roba el presente

Existe otra razón por la que nos cuesta disfrutar: Nuestra atención rara vez está donde está nuestro cuerpo.

Estamos desayunando mientras pensamos en la reunión de la tarde, paseamos mientras respondemos mensajes mentalmente, estamos de vacaciones organizando la semana siguiente, compartimos tiempo con las personas que queremos mientras revisamos mentalmente pendientes… Y aunque parezca algo pequeño, tiene consecuencias profundas.

Ya que el disfrute, el placer, lo real... solo puede ocurrir en el presente, nunca mañana, nunca cuando todo esté resuelto, nunca cuando la agenda quede vacía. Siempre ahora.

Por eso muchas prácticas relacionadas con el mindfulness, la atención plena y la regulación emocional buscan precisamente entrenar esta capacidad: volver una y otra vez al momento presente.

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El sistema nervioso también influye

Disfrutar no es únicamente una cuestión mental, también es una cuestión fisiológica.

Cuando vivimos durante largos periodos bajo estrés, el sistema nervioso permanece orientado hacia la vigilancia, la productividad y la resolución de problemas.

El organismo prioriza sobrevivir, pero no disfrutar, no contemplar, no descansar... Por eso muchas personas llegan a sus vacaciones y descubren que no saben relajarse o alcanzan una meta importante y sienten un extraño vacío (su cuerpo ha aprendido durante años a funcionar en modo búsqueda, pero no en modo recepción).

Y cuando el sistema nervioso permanece activado durante demasiado tiempo, incluso las experiencias positivas pueden pasar desapercibidas. Si quieres comprender mejor cómo ocurre este proceso, te recomiendo leer también nuestro artículo:

🔗 Cuando por fin paras… pero tu mente no

¿Por qué nos cuesta disfrutar incluso cuando las cosas van bien? Adaptación hedónica, bienestar emocional y vivir el presente

Aprender a recibir

Quizá una de las habilidades psicológicas más importantes de la vida adulta sea aprender a recibir en lo cotidiano: Recibir una conversación agradable, un desayuno tranquilo, una tarde sin prisas, la compañía de alguien querido, un paseo por la naturaleza, el sonido del viento, la sensación de haber llegado hasta aquí

La abundancia no siempre consiste en tener más, muchas veces consiste en desarrollar la capacidad de reconocer lo que ya tenemos delante.

Curiosamente, muchas personas descubren esta capacidad durante los retiros, cuando todo se para, disminuyen los estímulos, baja el ritmo y aparece más espacio para la observación, resulta mucho más fácil conectar con aquello que realmente importa.

Por eso en nuestros retiros trabajamos no solo el descanso, sino también la regulación del sistema nervioso, la atención plena y la capacidad de volver al momento presente. Puedes descubrir los próximos retiros 🔗 pinchando aquí

Crear espacios que nos ayuden a parar

La atención también se entrena a través de los pequeños detalles cotidianos: Un rincón tranquilo en casa, una práctica de meditación, un paseo consciente, un momento de silencio antes de comenzar el día.

En OM creemos profundamente en la importancia de crear espacios que favorezcan la presencia y el bienestar. Por ello, si estás construyendo tu propio rincón de calma, puedes descubrir nuestros zafus, zabutones y otros productos diseñados para acompañar la práctica consciente aquí:

Algunas preguntas para llevarte contigo

Antes de seguir leyendo, antes de pasar al siguiente artículo o continuar con el resto del día, quizá puedas detenerte un instante y preguntarte:

  • ¿Qué cosas deseaba profundamente hace cinco años que hoy forman parte de mi vida?
  • ¿Cuánto tiempo dedico a disfrutarlas?
  • ¿Qué ha sido bonito hoy?
  • ¿Qué estoy pasando por alto por estar demasiado pendiente de lo siguiente?

Una reflexión para terminar

Quizá la felicidad no tenga tanto que ver con conseguir más cosas, quizá tenga más que ver con desarrollar la capacidad de permanecer unos segundos más en aquello que ya está bien.

La vida no sucede cuando llegamos a la siguiente meta, la vida sucede aquí, en este momento. Y muchas veces pasa tan deprisa que olvidamos disfrutarla mientras ocurre.

Si te interesa seguir explorando temas relacionados con la psicología integrativa, el bienestar y la relación entre mente, cuerpo y sistema nervioso, también puedes seguirnos en nuestro 🔗 Canal de YouTube , donde compartimos estos temas desde una mirada humana, práctica y basada en la evidencia.

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